lunes, 27 de octubre de 2008

El Triunfo de Galatea de Rafael

Hoy destacaremos la obra que de imagen a este blog, El triunfo de Galatea del principe de los pintores, Rafael.


Se trata de un fresco de 295x225 centímetros pintado por Rafael en la villa de un rico banquero, Agostino Chigi (ahora llamada Villa Farnesina, en Roma). Como tema eligió el de unos versos de un poema del florentino Angelo Poliziano, que también inspiró El nacimiento de Venus de Boticelli. Esos versos describen la escena en que el tosco gigante Polifemo ensalza con una canción de amor a Galatea, la hermosa ninfa del mar, y cómo cabalga ésta sobre las olas en una carroza tirada por dos delfines burlándose de su rústica canción, mientras el alegre séquito de otras ninfas y dioses del mar se arremolina en torno a ella. El fresco de Rafael representa a Galatea con sus alegres compañeros. El cuadro del gigante Polifemo tenía que figurar en otra sala.

[Descripción]
En el centro de la composición, Galatea, de pie sobre una gran concha sostiene con ambas manos las riendas de una pareja de delfines que arrastran el original vehículo sobre la rizada superficie del mar. Anchuroso manto agitado por la brisa envuelve la mitad inferior del cuerpo de la Nereida dejando visible su hermoso torso que inclina graciosamente mientras vuelve la cabeza elevando la mirada al cielo para contemplar unos amorcillos juguetones que le disparan afiladas flechas.

Si Galatea, por la corrección de sus líneas, la pureza de sus contornos y la elegancia de sus movimienos es una figura admirable, no lo es menos la de una graciosa ondina que en primer término aparece sentada sobre un centauro marino que trata de aprisionarla entre sus nervudos brazos mientras ella, sonriente y seductora, deja flotar el viento su ligero velo.

Al fondo, varios centauros surcan las ondas, unos llevando a las compañeras de Galatea y otros tocando trompetas y sendos caracoles. En primer término, el Amor vuela hasta tocar las agujas, sujetando a guisa de palafrenero a uno de los delfines como para indicar que todos los personajes de la composición se hallan sometidos a un avasallador imperio.


Por mucho que se mire esta amable y deliciosa pintura, siempre se descubrirán nuevas bellezas en su rica e intrincada composición. Cada figura parece corresponder a alguna otra, y cada movimiento responde a un contramovimiento. Pero lo más admirable es que todos los diversos movimientos de la escena se reflejan y coinciden en la figura de Galatea. Su carroza ha sido conducida de izquierda a derecha ondeando hacia atrás el manto de la ninfa, pero ésta, al escuchar la extraña canción de amor, se vuelve sonriendo, y de todas las líneas del cuadro, desde las flechas de los amorcillos hasta las riendas que ella sostiene en sus manos, convergen en su hermos rostro, en el centro mismo de la composición. Por medio de estos rescursos artísticos Rafael consiguió un movimento incesante en todo el cuadro, sin dejar que éste se desequilibre o adquiera rigidez. Los artistas han admirado siempre a Rafael por esta suprema maestría en la disposición de las figuras así como por su consumada destreza en la composición.

Lo más llamativo de Rafael, es que él abandonó la idea de copiar la naturaleza, que había sido la obsesión de tantos artistas del Quattrocento, y tras la insistencia de sus contemporáneos por conocer en qué se basaba para representar la belleza de sus figuras, él respondía que no copiaba ningún modelo específico, sino que seguía "una cierta idea" que se había formado en su mente.

Fuentes:
Gombrich, E. Historia del Arte. (1997) Ed. Debate.
Artículo en Wikipedia